El Palacio de la Aljafería
El palacio fue árabe en su nacimiento, reconvertido al
cristianismo por los aragoneses, residencia de los Reyes Católicos,
cuartel militar y, finalmente, sede de las Cortes de Aragón.
La Aljafería de Zaragoza fue declarada Monumento Nacional
de Interés Histórico el 4 de junio de 1931. A pesar
de lo cual, todavía en 1947 permanecía como un espantajo
lamentable cubierto de harapos, según frase del arquitecto
Francisco Íñiguez Almech, quien durante más
de treinta años acometió una lenta y minuciosa labor
de rescate que, tras su muerte en 1982, ha sido continuada por
los arquitectos Ángel Peropadre Muniesa, Luis Franco Lahoz
y Mariano Pemán Gavín. El resultado de todas estas
excavaciones arqueológicas, ha dado lugar al aspecto que
el edificio presenta en la actualidad, y en que se pueden diferenciar
los restos originales de los reconstruidos.
A todo ello hay que añadir la instalación de las
Cortes de Aragón en una parte del conjunto monumental,
habiendo dirigido las obras desde 1985 los arquitectos Franco
y Pemán. Estas obras se enmarcan dentro de las corrientes
estéticas de la arquitectura contemporánea, y en
ellas sus autores han huido de la inclusión de elementos
históricos que pudieran producir posibles equívocos
de interpretación.
Al margen de lo anterior, es importante subrayar que la Aljafería
es un extraordinario complejo histórico-artístico,
o si se prefiere un cúmulo de edificaciónes que
se fueron superponiendo a lo largo del tiempo.
EL PALACIO ISLÁMICO
Conserva parte de su primitivo recinto fortificado, de planta
cuadrangular y reforzado por grandes torreones ultrasemicirculares,
a los que se suma el volumen prismático de la torre del
Trovador, cuya zona inferior, datada en el siglo IX, es el resto
más antigo del conjunto arquitectónico. Este recinto
alberga en su parte central unas construcciones residenciales
que responden al modelo de tipología palacial islámica
de influencia omeya, tal y como ya se había desarrollado
en los palacios musulmanes del desierto (cuya cronología
se remonta al siglo VIII).
Por la tanto, frente al espíritu defensivo y la reciedumbre
de las murallas, el palacio taifal, que es de una delicada belleza
ornamental, presenta un esquema compositivo a base de un gran
patio rectangular, a cielo abierto y con una alberca en su lado
sur; a continuación, dos pórticos laterales, con
arquerías mixtilíneas y polilobuladas que actúan
a modo de pantallas visuales; y, al fondo, unas estancias tripartitas
que en sus orígenes estaban destinadas para uso ceremonial
y privado. Asimismo, en el pórtico norte se encuentra un
pequeño oratorio, de planta octogonal y de reducidas dimensiones,
en cuyo interor se observa una fina y profusa decoración
de yeso (con los típicos motivos de ataurique), más
unos fragmentos pictóricos, de tonos vivos y contrastados,
de gran interés.
Todos estos logros artísticos se corresponden con las obras
realizadas en la segunda mitad del siglo XI bajo el mandato del
rey Abu Yafar Ahmad ibn Hud al-Muqtadir, y no hacen sino reflejar
la importancia cultural y el virtuosismo plástico de su
corte. Es más, el palacio de la Aljafería supone
una de las mayores cimas del arte hispanomusulmán, y sus
aportaciones artísticas fueron retomadas con posterioridad
en los Reales Alcázares de Sevilla y en la Alhambra de
Granada.
EL PALACIO CRISTIANO MEDIEVAL
Tras la reconquista de Zaragoza por Alfonso I el Batalador en
el año 1118, se inició la andadura cristiana de
la Aljafería. De tal manera que se convirtió en
el palacio de los monarcas aragnoeses, quienes además llevaron
a cabo en su interior sucesivas obras de ampliación y reacondicionamiento.
Así, de todo este período medieval, siglos XII-XIV,
cabe citar la iglesia de San Martín, la denominada alcoba
de Santa Isabel, la desaparecida capilla de San Jorge, la arquería
oeste del patio de Santa Isabel y, sobre todo, las salas del palacio
mudéjar del rey Pedro IV, coronadas por unos espléndidos
alfarjes recientemente recuperados. Además, estas edificaciones
son de vital importancia por haber sido el principal foco de irradiación
e influencia para la formación del arte mudéjar
aragonés.
EL PALACIO DE LOS REYES CATÓLICOS
Fue erigido sobre la fábrica musulmana en torno al año
1492, con el fin de simbolizar el poder y prestigio de los monarcas
cristianos. No obstante, la dirección de las obras recayó
en el maestro mudéjar Faragi de Gali, y en ellas se funde
la herencia artística medieval con los nuevos aportes del
Renacimiento; de ahí que dieran lugar a uno de los ejemplos
más significativos del llamado estilo Reyes Católicos.
Pues bien, el palacio consta de uan escalinata, una galería
o corredor y un conjunto de salas, denominadas de los Pasos Perdidos,
que tienen su culminación en el gran Salón del Trono.
De todas estas dependencias, lo más interesante son, por
un lado, las solerías, a base de losetillas y azulejos
de Muel; y por otro, las techumbres de madera dorada y policromada,
entre las que destaca el sobrebio artesonado del Salón
del Trono.
REFORMAS Y AMPLIACIONES EN ÉPOCA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
A partir de 1593, y por mandato del rey Felipe II, el ingeniero
sienés Tiburcio Spanchi diseño los planos para transformar
la Aljafería en un fuerte o ciudadela a la moderna. Para
lo cual se dotó al conjunto de un recinto murado exterior,
con baluartes pentagonales en las esquinas y con un imponente
foso de circunvalación (de paredes en ligero talud y con
sus correspondientes puentes levadizos). Sin embargo, lo que en
realidad se pretendió con la construcción de este
fuerte, no fue otra cosa que poner de manifiesto la autoridad
real frente a las reivindicaciones forales de los aragoneses,
así como el deseo del monarca por frenar posibles revueltas
de la población zaragozana. Después de este primer
acondicionamiento militar, durante los siglos XVIII y XIX se produjeron
en el edificio profundas intervenciones paras su adaptación
como acuartelamiento; y de ellas todavía se conservan los
bloques construidos en época de Carlos III y dos d elos
torreones neogóticos añadidos en tiempos de Isabel
II. Como ideal final, hay que resaltar que muy pocos monumentos
aragoneses cuentan con muestras arquitectónicas tan sobresalientes
como las existentes en la Aljafería de Zaragoza, pues en
ella se resumen diez siglos de la vida cotidiana y de los acontecimientos
histórico-artísticos de Aragón.