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Viaje al Lago Titicaca, Navegando en las Alturas.

Viernes 7 de abril de 2006, por Marco Antonio Martín García.

El viaje al Lago Titicaca, situado a 3.812 m. de altura en la frontera entre Perú y Bolivia, no sólo es un viaje al lago navegable situado a mayor altura del mundo, sino que es un viaje al mundo indígena de los pueblos quechuas y aimaras y una experiencia única en la vida. Realmente es toda una grata aventura surcar las tranquilas aguas del lago a bordo de una balsa totora y desde este artículo os animo a todos a visitarlo y a reflejaros en sus mágicas aguas.


El lago Titicaca es el mayor lago navegable de Sudamérica con una superficie de 9.710 km², siendo a su vez el lago situado a mayor altura del mundo, llegando a una altura máxima de 3.812 m. de altitud. El lago Titicaca está situado entre Perú y Bolivia, perteneciendo el 60% de su superficie a Perú y el 40% a Bolivia. El lago tiene una profundidad media de 107 m, llegando a alcanzar en algunas zonas una profundidad máxima de 281 m. En cuanto al clima, sólo cabe decir que es tremendamente extremo, pasando de altas temperaturas durante el día a temperaturas muy bajas durante la noche.

Para preparar mi viaje hacia el lago Titicaca me dirigí primero a la ciudad peruana de Puno, una bonita y ordenada ciudad al pie de las montañas, sede de la Universidad del Altiplano, y que en temporada alta se encuentra tomada por los numerosos turistas que acuden a ella desde todas partes del mundo para ver el famoso lago. Desde la ciudad de Puno parten numerosas expediciones turísticas que, por un precio de unos 40 soles (sol es la moneda peruana) por persona (unos 10 euros), permiten al viajero surcar durante dos días el lago y convivir con los pueblos indígenas quechuas y aymáras que lo habitan.


Tras zarpar en una barcaza desde el muelle de Puno y dejar atrás un precioso vapor varado en el muelle, me dirigí en mi primer día de viaje a las isla flotantes de “Los Uros”, un conjunto de 40 islotes flotantes creados con plantas totoras y habitados por las comunidades de los Uros, un pueblo indígena que habita en chozas de ramas y surca las aguas del lago Titicaca en sus balsas hechas con la planta Totora, planta de la que estos habitantes sacan todo lo necesario para subsistir, ya que con ella crean el suelo flotante de sus islas, sus chozas, sus barcas y sus útiles de pesca. No todos los islotes son visitables por los turistas, hay algunos que se cierran a la entrada de extraños. He de reconocer que es impresionante estar paseando por una isla flotante y aún más impresionante y bello es surcar las azules y calmadas aguas del lago en una de sus barcas de Totora, hazaña que cualquier turista puede realizar por un par de euros, unos 10 soles, en moneda peruana.

Los indígenas creen que el lago esta habitado por poderosos espíritus, y navegando a bordo de la Totora, surcando las quietas y silenciosas aguas de lago, uno casi se cree que esta realmente en un lugar mágico. Lo único que no me gustó de las islas de los Uros es que los indígenas han pasado de vivir de la pesca y de la venta de la artesanía a vivir del turismo, para lo cual visten y actúan demasiado folclórica y extravagantemente para divertir a los turistas. Llenando sus islas flotante de cualquier cosa que un turista pueda necesitar pagar... Los Uros están plagados de gente vendiendo, tiendas, bares y hasta me encontré un teléfono publico en una de las chozas.


Tras ver los Uros y navegar en sus totoras, regresé a la lancha motora y nos embarcamos rumbo a la isla de Amantaní. La isla de Amantaní es una mágica isla coronada por altos cerros cubiertos con los restos arqueológicos de dos importantes templos indígenas, y donde crece la famosa flor de Kantua. Para viajar por el lago titicaca es recomendable que los turistas lleven protección contra el sol, ya que el grado de radiación solar en el lago es muy alto y puede producir quemaduras a la gente de piel muy sensible. Otra recomendación es aprovisionarse de hojas de coca para aliviar los efectos del “mal de altura”, ya que es bastante fastidioso hacer turismo con dolor de vientre y medio asfixiado, si no quieren tomar hojas de coca en té o masticadas, pueden tomar en su defecto los ineficaces y caros medicamentos que venden en la farmacia.

Al llegar a la isla de Amantaní, o isla de los amantes, nuestro guía turístico, un tipo que pacía hojas de coca a cada momento y era capaz de decir cualquier tontería para hacer reír a los turistas japoneses, nos repartió a las parejas de turistas entre las familias de la isla, con el objeto de convivir con ellos en sus casas, comer su comida y festejar con ellos. La familia que me tocó a mi era la del señor Osvaldo, una familia que era muy buena gente, gente humilde y amistosa, que lejos de tratar de hacer el ridículo y mostrarse como extravagantes indígenas, buscando agradar al turista, me hablaron de la realidad de la isla y de cómo viven realmente los indígenas de Amantaní. Los habitantes de la isla subsisten de las migajas del turismo que comparten con ellos los abusivos guías turísticos, los cuales, en vez de darles la mitad de las ganancias del tour turístico que les correspondería por alojar al turista y alimentarlo, les dan apenas una cuarta parte, y si por casualidad el indígena protesta, los guías dejan de asignarles turistas y les abocan a la ruina, ya que los recursos pesqueros del lago son escasos en la actualidad.


Amantaní es una isla donde sus habitantes viven en completa armonía con su entorno, una isla donde aún los indígenas conservan su antigua religión, y donde aún tienen dos chamanes que se encargan de realizar las ceremonias en los dos antiquísimos templos que hay en la isla, uno dedicado a Pachamama y otro a Pachatata, rezando a los espíritus de la madre tierra. En enero los indígenas suben al templo de Pachamama (madre tierra) y realizan la fiesta del Pago a la Tierra, ceremonia mediante la cual el chamán realiza una ofrenda o pago a la tierra, esperando a cambio que la tierra les de salud y prosperidad. Los chamanes son seres humanos especiales, están “marcados” por los dioses, los que hay en la actualidad son supervivientes de la caída de un rayo, que les dejó la marca del dios. Los chamanes también son especialistas en leer el futuro en las hojas de coca que les lleva la gente. La hoja de coca es muy valiosa en la isla, es una especie de planta sagrada, y cuando se entra en el templo de Pachamama cada indígena ofrenda hojas a la madre tierra.

Al atardecer me tocó realizar una dura ascensión al cerro de la isla a ver el templo de Pachamama en compañía del resto de turistas, quienes me daban vergüenza ajena al revolotear haciendo y diciendo estupideces como niños idiotas, sobre todo los japoneses, que subían a los montes jugando con unos nunchakus y gritando como poseídos, ante la atónita mirada de los indígenas. La dura ascensión, el boquear en busca de oxigeno y el aguantar a los estúpidos japoneses que venían en el grupo merecieron la pena, pues las vistas de la isla de Amantaní desde el templo de Pachamama en la cumbre del cerro son increíbles, un panorama mágico del lago y un silencio sofocante dejan sin aliento al visitante y le trasmiten emociones intensas y únicas. Tras disfrutar de la majestuosa vista descendí de nuevo al pueblo, para pasar la noche en compañía de la familia que me acogió y compartir una frugal pero deliciosa cena con ellos. Es recomendable llevar una linterna, ya que en la isla la electricidad es escasa y sólo se usa para emergencias, y sin linterna es fácil perderse en la oscuridad.

Al día siguiente y agotado por el mal de altura abandoné la preciosa isla de Amantaní y a sus amables indígenas y me embarque de visita hacia la isla de Taquile. Taquile es todo lo contrario a Amantaní, es una isla que vive del turismo y sus habitantes esperan al turista como si fueran vampiros buscando beber dólares. En contra del apacible ambiente de Amantaní y de la amistad desinteresada de sus habitantes, Taquile es una isla donde los indígenas son soberbios, desconfiados y donde vigilan cada movimiento que haces, esperando sacarte dinero o tomar prestado indefinidamente algún objeto que lleves encima, como por ejemplo varios de mis bolígrafos que me arrebataron de las manos unos niños pirañas...

Taquile no me gustó nada, es una isla preciosa, con unas vistas impresionantes y un paisaje emocionante, pero sus habitantes son repugnantes en extremo. En la isla no hay policía, no es necesario, ya que todos se vigilan unos a otros y cualquier delito es castigado por el jefe de la isla. En Taquile los indígenas acostumbran a intercambiarse hojas de coca a modo de saludo, pero no las ofrecen en mano, ya que eso sería un insulto, las llevan en el interior de sus sombreros y ofrecen estos para que las hojas sean extraídas de su interior personalmente por la persona que saludan. Otra costumbre que tienen es la de llevar gorros según sea su estado civil, así pues los solteros llevan un gorro de un color y los casados de otro, así todos saben quién está soltero y quién no.

El ambiente de extrema vigilancia y de falsedad de la isla se aúna con una extremada depredación de los recursos turísticos, tiendas y restaurantes con precios desorbitados abundan por doquier, incluso tienen un monstruoso museo que desencaja en extremo con el resto de edificaciones de la isla, entre ellas una antigua iglesia a punto de derrumbarse. En Taquile el guía nos llevó a comer a un restaurante, curiosamente y muestra de la falta de libertad individual de la isla, el jefe de la isla decide qué restaurante abre sus puertas a los turistas cada día, así evita la competencia entre restaurantes. La comida del restaurante era buena, a gusto de los turistas, pero era un poco cara. Tras comer en la isla, iniciamos un largo paseo por ella asombrándonos con su bello paisaje y las fenomenales vistas al lago.

Tras finalizar el paseo y tremendamente agotado por días de esfuerzo físico sin apenas oxígeno en mis pulmones, me embarqué de nuevo hacia Puno en busca de un merecido descanso, deseando que los “amigables” turistas japoneses se cayeran por la borda y el lago se les tragara para siempre... pero no hubo suerte... en fin...

Para concluir me gustaría agradecer a mi amigo Osvaldo y a los demás indígenas de Amantaní su amistosa acogida y me gustaría desear que algún día pueda vivir con la paz y armonía con la naturaleza que ellos viven, sólo espero que el turismo no les corrompa como a los indígenas de los Uros y sobre todo a los de Taquile.

En cuanto al lago sólo cabe decir que es una auténtica maravilla, un lago rodeado de montañas y de misteriosas y mágicas aguas que emanan paz y armonía. Recomiendo a todos que lo visiten, pero en vez de visitarlo en un tour turístico, que lo visiten por su cuenta, embarcándose directamente desde el puerto de Puno y hablando directamente con los indigenas.

© 2006 - Autor: Marco Antonio Martín García
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