El animal más raro del mundo. Galápagos: al borde de la extinción

Solitario Jorge vive con dos hembras de otra subespecie, con las que no se ha apareado.
Foto Heidi Snell

Se llama Solitario Jorge y es el único de su raza. Antes de que los hombres llegaran a su hogar, sus parientes se contaban por cientos de miles en las Islas Galápagos; hoy sólo quedan 15 mil. Jorge es el último del tipo que habitaba Isla Pinta, donde fue hallado en 1971, y desde entonces vive en cautividad a la espera de que los científicos encuentren una hembra de su misma especie. El problema es que a este galápago de 70 años, que podría llegar a vivir dos siglos, no le gusta el sexo.

Unas 50 mil personas acuden cada año hasta la remota isla ecuatoriana de Santa Cruz para verle en su corral, un amplio espacio de arena y vegetación que emula su hábitat natural. Es el último ejemplar de su dinastía, al menos que se sepa. Está solo y tiene al menos 70 años. Los visitantes más informados no pueden ocultar su emoción cuando le ven, una aparición rara y muchas veces breve. Saben que tienen ante sí al símbolo de lo que un día fue la fantástica fauna que poblaba las Islas Galápagos.

Este “antediluviano animal”, como lo llamó Charles Darwin, mueve sus 88 kilos de peso con lentitud, y de vez en cuando estira su largo cuello como si quisiera explorar el espacio más allá de la reserva en la que está confinado. Observa con apatía a las dos hembras con las que convive a la fuerza, de una especie similar aunque no igual, mientras posa fugazmente para las cámaras. Es el último ejemplar de Geochelone elephantopus abingdoni, uno de los 11 tipos de tortuga gigante que han sobrevivido, de los 15 que habitaban el archipiélago. Si la diosa Fortuna no lo impide, y no parece muy empeñada en ello, nuestro protagonista se llevará los últimos genes de su raza a la tumba, probablemente no antes de un siglo. Aunque no hay datos fiables sobre su longevidad, se estima que este tipo de reptiles puede llegar a vivir 200 años. Alguno de los que andan por estas maravillosas islas podría haber visto a Darwin.

Lo bautizaron Solitario Jorge por un conocido actor estadounidense, George Gobel, que se llamaba a sí mismo de esta forma. Este imponente animal es algo más que una rareza y un símbolo apasionante. Supone un reto formidable para la ciencia, que se plantea ahora incluso su clonación, aunque las posibilidades de que el experimento prospere en un reptil parecen escasas. Y también es un ejemplo viviente de la crueldad e ignorancia humanas, culpables de la continua desaparición de especies animales.

La carne fue su perdición

Aún no se conoce cómo llegaron sus antepasados a las Galápagos, hoy territorio de Ecuador, al que terminaron dando nombre. Se cree que provienen del continente americano y que iniciaron hace cientos de años una larga travesía, quizá encaramadas en pequeñas islas flotantes de vegetación. Haciendo frente a un gran peligro, pues no pueden nadar, cubrieron los 980 kilómetros que separan al archipiélago de la costa ecuatoriana. Análisis genéticos demuestran que el reptil más parecido a un galápago es la tortuga del Chaco, que vive en la Patagonia argentina. Los parientes de Jorge arribaron a la Isla Española, donde experimentaron su particular evolución, y algunos viajaron 300 kilómetros más, hasta instalarse en Isla Pinta.

Sea como fuere, colonizaron un territorio donde había alimento en abundancia y pocos predadores. Se adaptaron a la vegetación y al clima de cada isla, dando lugar a las 15 especies distintas. Cuando Darwin llegó a las Galápagos en su famoso viaje naturalista a bordo del Beagle, en 1835, se encontró con miles de ejemplares, a pesar de que su declive ya había comenzado. “Algunas crecen hasta alcanzar un tamaño enorme”, escribió el británico en su diario. “Varias de ellas son tan grandes que se necesitan seis u ocho hombres para levantarlas del suelo”.

En gran parte, fueron esos kilos de carne fresca el motivo de su perdición. En 1535, el obispo de Panamá, fray Tomás de Berlanga, fue el primer occidental en llegar a las islas. Una casualidad, pues su destino era Perú, pero la falta de viento y las corrientes empujaron su barco hasta el árido archipiélago de 8.000 kilómetros cuadrados, repartidos por 19 islas y 42 islotes. Berlanga escribió un informe a Carlos V sobre tan inhóspito lugar, en el que incluyó la primera descripción de las tortugas gigantes que encontró por doquier: “… no hallamos sino lobos marinos, e tortugas e galápagos tan grandes que llevaba cada uno un hombre encima…”.

La ruta abierta sin querer por el obispo fue seguida en los siglos posteriores por piratas, pescadores y aventureros de toda ralea. Balleneros y cazadores de focas fueron los primeros en fijarse en los inmensos reptiles como fuente de alimento. Eran cazados a cientos -se estima que entre 1831 y 1868 desaparecieron 100 mil-, hasta extinguirse en tres de las islas. Pueden pesar más de 150 kilos y vivir sin comer ni beber durante un año, por lo que eran encerrados en las bodegas de los barcos para asegurar un suministro de carne. Incluso de bebida potable, pues encierran en su cuerpo litros de líquido que son un sustituto perfecto del agua.

El encuentro

Hoy quedan poco más de 15 mil, y gracias a la cría en cautividad se puede hablar de un futuro para el galápago. No así para la subespecie que habitaba la Isla Pinta, y de la que Solitario Jorge es el único exponente. En 1971, un grupo de guardias del Parque Nacional Galápagos le descubrió entre la espesa vegetación. La buena noticia era que esa raza no se había extinguido, como se creía, pues no se había visto ningún ejemplar desde 1906; la mala es que había un único superviviente, un magnífico macho que vagaba entre los bosques. Los guardias le rescataron de una muerte segura, pues las cabras, una de las especies introducidas por el hombre y que suponen hoy un peligro para un ecosistema tan delicado, estaban arrasando con la vegetación que come la tortuga.

Precisamente, los guardias desplazados hasta Pinta tenían la misión de erradicar las cabras. Las cacerías en tierra se completan con la puntería de tiradores de elite que las matan desde helicópteros, aunque este sistema es demasiado caro y solo puede ser utilizado ocasionalmente. Otras especies introducidas y que suponen una amenaza para las endémicas son los cerdos, las vacas, las ratas e incluso insectos perjudiciales para los célebres pinzones de Darwin, en los que se inspiró el científico para esbozar su teoría de la evolución después de su visita de cinco semanas al archipiélago.

Desde su accidental hallazgo, el galápago más famoso del mundo reside en las instalaciones de la Estación Científica Charles Darwin, en Puerto Ayora, capital de la isla de Santa Cruz. Son ya 33 años deleitando a científicos y turistas. Pero la posibilidad de que pueda reproducirse es cada vez más remota. Convive con dos hembras, capturadas en Isabela, la isla más cercana a su hogar en Pinta, aunque nunca se ha sentido atraído por ellas. Un último descubrimiento alienta las esperanzas. Análisis genéticos prueban que Jorge está más próximo a la especie que habita otra isla, Española, que a las dos hembras de Isabela. Ahora, los científicos estudian la posibilidad de aparearle con damas de esa raza.

El escepticismo, sin embargo, es el sentimiento más acusado en Galápagos. Todos aquí recuerdan los esfuerzos de una estudiante suiza de Zoología, Sveva Grigioni, que llegó a Puerto Ayora para intentar animar a Jorge. La joven pasó varias horas al día durante cuatro meses en su corral, intentando ganarse su confianza y la de las hembras y averiguar si era capaz de producir semen. Así se labró el sobrenombre de la “novia de Jorge”, pero sus esfuerzos resultaron vanos. Nadie sabe todavía si este galápago es capaz de eyacular, un proceso que en algunos zoológicos ha sido estimulado de forma manual en ejemplares similares. Incluso es posible provocarlo mediante descargas eléctricas, pero nadie sabe cómo reaccionaría el animal ante ese agresivo experimento.

Roslyn Cameron, una de las científicas que trabajan en la Estación, explica las escasas esperanzas para asegurar la descendencia: “El pasado mes de octubre, guardas del parque acompañaron al experto Peter Pritchard hasta Pinta. Rastrearon la isla en busca de signos de que hubiera viva alguna tortuga. Tan sólo encontraron algunos esqueletos. La probabilidad de hallar una compañera para Solitario Jorge es pequeña”.

Otro científico experto en reptiles que trabaja en un zoo de Nebraska (EE UU), Edward Louis, ha comparado el ADN de 400 galápagos que se encuentran en cautividad repartidos por zoológicos y colecciones particulares de todo el mundo. La idea es hallar otro ejemplar originario de Isla Pinta, pero los resultados han sido negativos hasta el momento. Sin embargo, Louis no ha tirado la toalla, pues quedan muchísimas tortugas en América del Sur que todavía no han sido analizadas. Dicen que incluso han llegado a ofrecer 10 mil dólares de recompensa a quien encuentre una novia adecuada para Jorge.

Pero ni tan siquiera el dinero parece capaz de restañar las inmensas heridas que los humanos han causado en las poblaciones de tortugas gigantes. Las Islas Galápagos todavía retienen su belleza y gran parte de las especies animales que deslumbraron a Darwin, pero el tiempo corre en contra del animal más raro del planeta, un “antediluviano” reptil que grita, como una protesta muda, su soledad a todo el mundo.

Autor: www.correodelcaroni.com
Fuente: http://www.correodelcaroni.com

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